De ser puta (y la otredad)

​A mi mejor amiga le gritaron “puta” en la calle, hoy me escribió para contarme que sintió que la manoseaban. Y no quería. No le gustó.

Hoy me contó que está embarazada.

A mi mejor amiga, el padre le pega, con el cinto, con la mano, a su hermana también. Porque es mujer, porque las dos lo son, a ella le pega más porque está desviada, siempre lo estuvo; hay que corregirla.

Tiene 16, una piba a la que invitan a fiestas, a pasear, a andar en bici, una piba con una vida como la mía, ahora dice que “no” a todas esas salidas por la culpa, por el miedo, por la vergüenza, por lo que “tiene adentro”, por el qué dirán.

Dice que quiere hacer dieta, que tiene que empezar. No dice que tiene miedo, no dice que le entra el cagazo cada vez que cruza la puerta de su casa, en la entrada o salida, porque el mundo y su familia son lo mismo, y ambos pisan fuerte. No dice que llora a la noche porque el novio le gritó. Se repite que es su culpa, se repite que no le va a hablar más del bebé al novio, porque ese es un tema de ella.

Hoy una profesora le pidió que pasara a dar lección, pero no sabía que, la noche anterior pudieron más los mensajes que el novio no le contestaba y el quedarse susurrando su nombre, seguido de un agudo grito, que estudiar para Geografía; le dijo que “no, profe”.

“- Bueno, me deja tranquila que alguna vez dijiste que ‘no’.”

Mi amiga se acomodó en su silla, como buscando un lugarcito en el mundo.

Hoy googleó “aborto” y, sin mucha idea de los títulos que leía, se dispuso a bajar, y bajar, al rato volvió a su cama a llorar. Llorar y abrazarse a sí misma, que calculaba, en unos meses iba a ser ella y la otredad. No quería abrazarse, no era ella. Tenía algo que era más que biológico adentro, tenía basura, tenía desechos de un golpe del padre, tenía el grito de la mamá, tenía la mano alta de hace unos días del pibe: “del padre del hijo”, pensaba y se retorcía (ya no sabía si de dolor o de angustia).

A mi mejor amiga le dicen “gorda” en la escuela, los pibes la joden porque hace unos meses cuando se la quisieron levantar ella les dijo que no quería. No quiero. No quiero que me toques, no quiero que me susurres nada al oído como un enfermo animal, no quiero que me agarres del brazo ni del pelo, no quiero que me mires ni así ni de ninguna manera; no quiero mirarme yo tampoco.

A mi mejor amiga, en la calle, cuando va a comprar se le acercan tipos, algunos pasan en traje y otros en balis, da lo mismo porque todos le piden que les chupe la pija. Si total, la ven con la panza. Si total ya lo hiciste unas cuantas veces. Si total ya estás quemada. Si total ya te van a matar, cuando camines, cuando duermas, cuando te guste un chico, cuando a tu viejo o a tu novio se les vaya la mano, cuando te duela el parto, cuando no quieras verlo crecer, porque no es tuyo, es de la vida, y realmente no tenés lazo.

Pero lo vas a tener, le digo en voz bajita en un audio de WhatsApp, pero vas a llorar mucho y cuando lo veas vas a llorar más y posiblemente no quieras que te lo acerquen. Porque tenés miedo de abortar, porque tenés miedo de googlearlo demás y que te salte cualquiera; porque estás sola y es legal que tengas un “hijo”, pero ilegal que no quieras tenerlo.

Me va a doler, me dice, no quiero. No quiero estar sola. Mi vieja está enojada, porque soy una boluda y encima ahora con el cuentito de que no lo quiero tener, ella me dice que cuando quedó embarazada de mi, me quiso abortar pero “abrió los ojos”, y yo le digo que no, que me hubiera abortado, que ella es libre, “qué voy a ser libre nena, deja de decir tonterías”, si total no me conocía, si total yo era otredad en un mundo inmenso. Se quedó callada y me abrazó llorando, “me sentía sucia, pero hoy sos mi hija” y yo pensaba “sí, vieja, después de dieciséis años”. Yo no quiero eso para la otredad que me está creciendo adentro. Yo no la quiero. Pero papá grita fuerte y el cinto ya tiene marcas de mis uñas y mis dientes, y no tengo a dónde irme si encima estoy embarazada.

Al final lo que te crece no es tu hijo, lo que te crece es la otredad del mundo. Me dijo y solté el celular.

Esta es tu verdad

 

Agnes miraba los carteles de la ruta y aceleraba aún más. Sus hijos iban durmiendo en los asientos de atrás, bellos, dulces y silenciosos, tan calmados que daba gusto mirarlos. Era una noche igual de pacífica, 4am y caía un pequeño y tenue rocío que parecía ser el llanto de algún ángel, pero ese lloraba de felicidad porque Dios lo habría premiado con una gran cena o había salvado un alma y se sentía dichoso.

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