Si se van a mojar igual

Hoy me hice un peinado muy lindo, de hecho fue una de las pocas veces en que me interesé en que todo allí arriba estuviera en su lugar; utilicé el secador de cabello, cepillos y hasta cremas y máscaras.

Salí a caminar, fui a comprar tomates, que mi padre me había encomendado. Saludé al verdulero y cansada de que me miraran el bello acomodo que había logrado (puesto que jamás mis vecinos me habían visto “así”), suspiré.

-Dos tomates, por favor. El hombre de manos cansadas tomó lo que pedí y, pesándolo, me dijo el precio. Una vez pago me retiré, trás saludos de los próximos clientes (entre ellos estaba el hombre que me había visto hamacándome -estoy mezclando cuentos y dejame ser libre, por una vez quería sentirse escritora- y… adivinaste, al mirarlo prendía su cigarro -pero él no me saludó, seguía el rencor en su mirada-).

Eso era todo lo que mi padre había pedido, sin embargo continué la caminata una cuadra mas y al llegar a la esquina comencé a oír truenos y sombríos ruidos provenientes de lo alto de nuestras casas, allá más arriba. Temí por mi peinado, se desarmarían las ondas, las pinzas caerían, e incluso un poco del tinte rojizo que aún cubría mis raíces comenzaría a desvanecerse (como hiciste vos, que después de tanto grito hiciste lo que prometías, me lloviste).

No pude siquiera evitarlo, apenas moví mi pie izquierdo, presionando el otro a mis espaldas, impulsándome al frente como acto cotidiano, sentí pesadas gotas caer en mis hombros, vi destellantes emociones de Dios (capaz le dolía la cabeza por tanta mierda). Corrí debajo del techo del almacén de la esquina en la que estaba, en vano, empapada de mentiras y dolores estaba y allí en el suelo yacían movedizos charcos, como los recuerdos que me quedan de vos, dándome la mano, todavía siento el ir y venir; o quizás cuando te burlabas de mi pelo. ¡Me acordé! toqué mi cabeza y frío al tacto noté gran parte en su lugar, me contenté. Parada ahí reposé un par de minutos. La gente corría y dije en voz alta “Si se van a mojar igual, pelotudos”. Instantáneamente recordé mi salto salvaje y fugaz para cubrirme, hacia unos tantos minutos. Me sonreí de lado y, con vergüenza, emprendí el regreso a casa.

Sobre la mesa de la cocina, la de mármol más vieja que todos tus abuelos y sus creencias austeras y fuera del contexto en el que me crié; dejé la bolsa de los tomates. Comenté que llovía afuera, en la esquina.

-¿El vuelto? – dijo mi padre, abriendo el paraguas dentro de la casa.

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