¡SALUD!

 

Estaba sentado en un banco de plaza, de esos blancos despintados que dan hasta pena porque se caen de un lado. Siempre vistiendo su camisa marrón de flores lilas, sus zapatos negros y pantalón azul desteñido.

Nunca arremangaba el puño derecho de la camisa y jamas había arreglado su guitarra sin cuerdas.
Una estudiante un tanto curiosa solía frecuentar la plaza otoñal, ubicada cerca de la casa de su querida abuela. Dos o quizás tres veces por semana, luego de un café rutinario con sus amigas, pasaba a merendar con su abuela y disfrutar de un té y la voz casi quebrada que le proporcionaba la anciana mujer.
Muchas personas, al ver el estado casi deplorable que dejaba el hombre, se lucían en sus monederos para luego dejarle unas cuantas monedas al borde del asiento del banco. Berni, y su para nada amigable rostro acompañados por la guitarra sin cuerdas, le regalaban a los caminantes de la plaza una mirada de desprecio, claro que él sabía cómo lo veían, pero no necesitaba más dinero del que tenía y mucho menos de aquellos impuros humanos que parecían estar creídos de ser ciervos de Dios y de hacer con su palabra una obra maestra, abandonando un poco de dinero en el costado de un banco despintado a un hombre al que veían sin salida, sin dudar, por supuesto, que el dinero juntado no lo utilizaría más que para una o dos cajas de cigarrillos.
No, Berni no quería ese dinero.
La estudiante se retira un martes mas del dulce hogar de su abuela, con un beso en cada mejilla, tan distintivo de la mujer. “¡Cruza con cuidado, niña!” grita la anciana Anne que con sus 96 años no pierde la preocupación por su nieta ni un minuto. La sonriente Iris no encuentra mas remedio que correr después de divisar a su abuela a una distancia considerable, no perdería su turno con el médico.
Dos esquinas le quedaban para llegar al consultorio, pero recordó haber dejado caer en el suelo de la plaza un apunte importante de su materia preferida. Volvió una cuadra atrás y maldiciendo en voz alta se adentró al bello parque y se posó cerca de la fuente para observar detenidamente las baldozas que pudieran estar sosteniendo sus papeles. Comenzó a caminar, no encontraba las anotaciones, miró su reloj y maldijo en voz muy alta.
– ¿Iris? ¿Acaso tu madre no te educó?
Sobresaltada, como podrás imaginarte, Iris pensó “¿ese es mi nombre?” negándose cualquier conversación innecesaria en una plaza.
– Disculpe, ¿ha visto algunas hojas en el piso?
Se acercó hacia dónde oía provenir la voz, un banco despintado, y vio a un hombre poco ilustrado e instantáneamente sintió ganas de estornudar, esas ancianas prendas hace mucho no eran lavadas.
– Quizás si no hubieras estado tan preocupada por tus contratiempos, las habrías visto.- Y el hombre señaló el camino de baldozas frente a él y allí, las hojas solitarias reposando en el suelo gris.
– Oh, ¡muchas gracias! ¿nos conocemos?
– Iris, no creo que ahora tengas ganas de conversar, te veías muy apurada. Regresa luego, entonces podremos hablar.
– Pero, ¿cómo sabe…
-¿Quieres saber la hora? – miro su reloj de oro, debajo de la manga derecha de su camisa, aquella que jamás levantaba. – Tres para las siete, corre pequeña.
– Muchas gracias señor…
Acto seguido procedió a abandonar el lugar, con un pensamiento extraño rondando su mente, ¿cómo ese anciano podía saber su nombre?
Al cruzar la calle recordó la advertencia de su abuela y por eso frenó al borde de ésta, miró a ambos lados y antes de seguir velozmente el paso, le tomó unos tres segundos girar y dirigir mirada hacia atrás y buscar al hombre; éste seguía allí, tal y como lo había encontrado.
Anne, por su lado, había salido de su casa alrededor de las 8pm a comprar las verduras frescas con las que prepararía su cena. La anciana era vegetariana y no dudaba en preparse un delicioso caldo de verduras, ligero pero acompañado de algún vino. Cuando la estudiante salía del consultorio ya tenía pensada su parada previa al hogar: el banco despintado de la plaza.
– Niña, podrías vivir con menos rapidez. – dijo el hombre riendo sinceramente.
– ¿Puedo? – dijo señalando el costado vacío del banco, al que ya no se le veían las partes de pintura saltada, el cielo había oscurecido y una noche fría parecía venir sin miedo.
– Oh no, Iris – volvió a reir, esta vez con un poco de tos escondida – No puedes, espero sepas entender…
– No, en realidad no.- y limpiando, en vano, un poco el suelo, se sentó en las frías baldozas, al pie de los zapatos negros brillantes que poseía el anciano.
– Mi nombre es Berni.
– Mucho gusto, soy Iris – dijo, y recordó que él ya parecía saberlo. El hombre rió.
– Lo sé, querida Iris. Y cómo lo sé -suspiró.
– No creo, sinceramente, que a mis padres les cause mucha gracia encontrarme a estas horas sentada en una plaza, al borde de culminar en malentendidos con un anciano – el hombre la miró detenidamente y colocó ambos codos en sus rodillas, extendió su cuello para acercarse aún más a los ojos de la muchacha. Ella retrocedió la mirada.
– Mira, niña, yo creo que tus padres, aunque no vayan a reconocer a este anciano con velocidad, al final lo harán y déjame decirte que no tendrían que temer de la oscuridad que hiela, solo dos amigos en una plaza invernal.
– Otoñal – corrigió Iris, el hombre la miró incrédulo – me gusta pensar que es otoño todo el año, me gusta creer cosas que escapen a mis posibilidades, a veces me liberan del estrés universitario… supongo.
– A Anne también le gustaba…
– ¿Perdón? Esto está hartándome. – y se levantó limpiando su bolso y sus manos.
– No, querida, espera, ¿aún podrías escucharme? – El hombre se puso de pie, Berni quería retenerla.
-¿Berni?
La anciana Anne se acercó a ambas personas con lentitud, como si su vida dependiera de aquel acto cotidiano: avanzar en todos sentidos. Iris solo se remitió a alejarse unos pasos, tomando distancia, creía, las cosas se veían mejor. No preguntaría, se dijo a sí misma que quizás aún no era el momento.
Berni con una mano en el pecho y la otra extendida al aire comenzó a acercarse temblorosamente a la anciana, quien llevaba su canasta repleta de verduras.
– Yo… – Berni se encontraba cegado.
– ¿Y yo?
– Tantos años, Anne. – suspiró- Tantos vistiendo la misma camisa, pantalón y zapatos. Solo compré éste reloj nuevo, luego de haber vendido todo lo que tenía, para recordarme en las horas cambiantes que existía esperanza en algún recóndito lugar. Que existías a unas cuadras de ésta plaza otoñal.
– Para mi fue ayer que te vi salir con tu botella de vino y desde aquel día no hay noche en que no beba una copa.
– Tantos días guardando tu asiento preferido en la plaza.
– ¿Qué sucede abuela? Me estoy asustando un poco…
– Oh, ¡Iris! Has devuelto el alma a tu abuela. – agradeció la anciana sacudiendo ambas manos al cielo.
– Y a mi, Iris, las cuerdas de la guitarra.
“23 años hacía, que aquellas manos no tocaban las mías, 23 años y quién sabe cuántas horas y minutos que podría haber estado abrazándote, leyéndote poemas, cantándote canciones, o solo preguntando cómo había estado tu día, para escucharte hablar y luego poner todo lo que digas en una composición de alguna canción que nos deje salvar el mundo. Porque alguna vez me dijiste que podíamos hacer lo que quisiéramos, y te creí y por eso sigo vivo. Y ahora que me queda poco de vivir, te digo, que nunca amé a algo o alguien más que a aquella mujer de ropas claras y limpias, siempre con sus mejillas rosadas y dejando dos besos en cada persona que cruzaba. Y porque no veo posible alguna vez próxima chocar copas de vino con otra alma, porque la tuya es la única a la que quiero gritar “¡Salud!”.”
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