Esta es tu verdad

 

Agnes miraba los carteles de la ruta y aceleraba aún más. Sus hijos iban durmiendo en los asientos de atrás, bellos, dulces y silenciosos, tan calmados que daba gusto mirarlos. Era una noche igual de pacífica, 4am y caía un pequeño y tenue rocío que parecía ser el llanto de algún ángel, pero ese lloraba de felicidad porque Dios lo habría premiado con una gran cena o había salvado un alma y se sentía dichoso.

Pensaba, Agnes, mientras seguía dejando atrás carteles y señalizaciones, flechas e indicaciones, a dónde iría. Desde la salida de lo que -alguna vez creyó- era su hogar, había dejado pasar unos 70 carteles, pensó, que alguno debería seguir. Se decía, mientras no dejaba de acelerar en línea recta, que había seguido reglas y flechas por muchos años, ahora se trataba de no seguir ninguna, o de al menos seguir la que ella quisiera. Recordaba a su marido gritando:

“¡Es una lástima que ésto haya terminado así, Agnes, pero es tu verdad!”.

Ahora sabía que eso no era cierto, su única verdad era que ella podía hacer lo que quisiera y eso jamas podría cambiarlo un hombre en muchos años, ni su madre con sus regaños, ni la Iglesia señalándola por ser madre soltera, ni la mirada de sus hijos extrañando a su padre.

Muchos se preguntarían si Agnes no se sentiría culpable, y no, no tenía la culpa de nada, ella fue selectiva toda su vida, ella decidió, y orgullosa ahora miraba por el espejo retrovisor a sus hijos durmiendo y no necesitaba nada mas. ¡Ah, pero quería tantísimas cosas!

Unos minutos mas tarde estacionó a la orilla de la ruta. Bajó con cautela, no quería despertar a los niños, quienes se removieron en su lugar pero siguieron soñando con príncipes, reinas y dragones, sus mentes alimentadas de las mas hermosas irreales fantasías, que algún día, por supuesto, llevarían a la realidad. Agnes se dirigió a la puerta del otro asiento a su lado, sacó una botella de vodka y recostada en la ventana del auto, bebió un largo sorbo, inhaló y exhaló aire en un largo suspiro, que no fue mas que su pasado perdido en un olvido lejano, como una rima. Tomó asiento y colocándose el cinturón de seguridad, una sola lágrima cayó por su mejilla, no hubo mas.

“No hubo mas” pensaba su esposo en la barra de un bar, esa misma noche.

Nunca se supo mas de Agnes, no más, quién sabe si fue feliz, quién sabe si alguna vez se sintió completa. Sabía lo que podía hacer, definitivamente era suficiente para que no haya mas.

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